En su mayoría los sistemas de monitoreo y
evaluación de los programas miden los productos entregados y el número de
beneficiarios o usuarios, pero no determinan los resultados y el impacto real
en la población. Aunque algunos programas presentan impactos a ese nivel, las
metodologías de evaluación empleadas en ocasiones no son confiables, o no es
posible determinar el grado de contribución real del proyecto en los cambios
detectados.
Frecuentemente,
los programas y proyectos no alcanzan a cumplir las metas previstas, algunas
veces por errores en la fase de formulación que han establecido metas poco
realistas según los recursos y el tiempo disponible. En otras ocasiones, aunque
la formulación era correcta, la gestión del programa no fue eficiente y no
logró entregar los productos o servicios a la población objetivo.
Los
objetivos e indicadores mal formulados limitan las posibilidades de realizar un
monitoreo efectivo y de contar con información válida de la realidad observada.
En este sentido, es básico trabajar arduamente en la etapa de formulación para
identificar claramente el problema, su magnitud, distribución, intensidad,
factores asociados, actores, entre otros.
Las
líneas de base o las evaluaciones Exante son fundamentales ya que bridan la
información inicial para lograr las comparaciones posteriores. No es raro
encontrarse en programas o proyectos donde al fin se intenta evaluar el impacto
del programa solo con informaciones estadísticas locales, sin una verdadera
disgregación de los usuarios o beneficiarios del programa y aquellos que no lo
fueron.
Son
pocos los proyectos y programas que efectivamente han logrado cambios positivos
y sostenibles en el tiempo en los grupos beneficiarios, y que han desarrollado
procesos evaluativos con validez metodológica, en los cuales podamos creer. Una
de las grandes dificultades es la poca prioridad en el tema en la agenda del
proyecto, del programa, de los financiadores o donantes.
El
déficit tanto en los recursos económicos asignados para el área de monitoreo y
evaluación, y a la vez la débil formación de los profesionales en áreas como
estadística y metodologías de investigación, limitan aún más el desarrollo de
evaluaciones que midan el impacto real de los programas o proyectos.
Por
otra parte, la realidad es compleja y es importante considerar que existe una
“brecha de atribución“, y que en los cambios logrados en el desarrollo de una
población intervienen múltiples programas, proyectos y factores externos que
actúan agregados sobre un mismo objetivo final.
Basados
en este modelo algunas agencias como la GTZ alemana, esperan que los proyectos:
a) observen los efectos hasta el nivel del beneficio directo, b) utilicen los
resultados de la observación para la auto-corrección y c) en cualquier momento
puedan brindar información actual al respecto.
Entre
los aportes del proyecto y los efectos no siempre existe una relación causal
comprobable. Entre más nos alejamos de las actividades, mayor es la brecha de
atribución, puesto que la influencia de otros factores aumenta. Es decir, no
podemos comprobar en cada caso que los cambios observados se hayan producido
gracias a nuestras actividades. Pero, en todo caso con ayuda de diversas
informaciones obtenidas del monitoreo y la evaluación podemos concluir que
existe una relación plausible entre las actividades y los cambios.
Por
último, es importante considera los intereses políticos particulares que a
veces bloquean los procesos de evaluación, en nuestros países factores como la
corrupción dentro de las instituciones públicas, las estructuras altamente
politizadas, la falta de independencia entre evaluador y evaluado, y el interés
de generar datos que favorezcan la
imagen del desempeño de los administradores de recursos, sin duda afectan el
tipo de evaluaciones desarrolladas.
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Liliana